Hay escenas que no envejecen. Cambian los siglos, los gobiernos, los nombres, pero el fondo permanece intacto. Cada Semana Santa repetimos la historia como si fuera lejana, casi simbólica. Un gobernador romano, un pueblo reunido, dos opciones frente a los ojos: Barrabás o Jesús. Y la multitud grita. No duda. No reflexiona demasiado. Elige a Barrabás.

No fue un error. Fue una decisión.

Barrabás no era un desconocido. Era violento, revoltoso, un símbolo del caos disfrazado de valentía. Jesús, en cambio, representaba algo más incómodo: orden, verdad, consecuencia, un tipo de liderazgo que exige reflexión y no solo emoción. Y, aun así, el pueblo gritó. Y gritó fuerte. Eligió lo inmediato sobre lo correcto, lo ruidoso sobre lo justo.

Porque elegir bien no siempre es fácil. Elegir bien implica renunciar a lo que seduce rápido. Implica pensar en el largo plazo, en lo que construye y no solo en lo que impacta. Y eso, en momentos de crisis, suele perder atractivo frente a discursos simples y promesas grandilocuentes.

La historia ha querido pintar ese episodio como una tragedia aislada, pero sería ingenuo creerlo. Barrabás no murió ese día. Barrabás es una constante. Aparece cada vez que una sociedad, cansada, frustrada o simplemente distraída, decide apostar por quien promete más de lo que puede cumplir o grita más de lo que piensa.

Los votos no se deben toman en abstracto. Se toman desde la historia, desde rabias acumuladas. Y ahí es donde radica el verdadero riesgo: cuando el voto deja de ser un acto consciente y se convierte en una tragedia.

No se trata de juzgar al pueblo de entonces, sino de mirarnos hoy con honestidad. Porque la historia no se repite por casualidad, se repite por costumbre. Y cada generación tiene su propio momento frente a la multitud, su propio instante de decidir a quién escucha y a quién ignora.

Quizá la pregunta no sea por qué eligieron a Barrabás. Quizá la pregunta incómoda, la que realmente importa, es si hoy seríamos capaces de elegir distinto.

El Perú de hoy no es el mismo de antes. Ya no es un pueblo completamente ingenuo ni aislado. Hoy hay memoria, hay información, hay ciudadanos que cuestionan, que comparan, que ya no compran discursos tan fácilmente. Y aunque a veces parezca que seguimos tropezando con la misma piedra, cada elección deja una lección más difícil de ignorar.

No votaremos por más figuras repetidas, por más vestimentas naranjas o figuras de animales mal hechos, votaremos con conciencia y dignidad. El pueblo peruano ya despertó, nadie nos detendrá.

Por: Vania Yabar

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