La llegada a Lima del Secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, programada para el 8 de septiembre, no responde a una visita protocolar ni a una gira diplomática de cortesía. Representa, más bien, el certificado de defunción de una prolongada tradición diplomática. Aunque la narrativa oficial resalte acuerdos como el Escudo de las Américas y la cooperación contra el crimen organizado, entre telones se evidencia una acelerada alineación geopolítica impulsada por la Cancillería peruana desde el inicio del presente gobierno, renunciando aceleradamente a su histórica autonomía.
Este giro se refleja en el drástico deterioro de la diplomacia técnica en Torre Tagle, convertida hoy en una agencia de colocación política y de aliados personales del Canciller. Los recientes nombramientos de embajadores, todos de rancia derecha ultra, prescinden de la carrera exterior y el mérito institucional. A la OEA llega Aurelio Pastor, operador del APRA sin trayectoria multilateral, cuya designación aparenta un favorecimiento político. En Washington se instaló al ensayista Álvaro Vargas Llosa, cercano al Canciller Carlos SPA pero carente de oficio diplomático. Paralelamente, en Buenos Aires —un frente complejo tras la renovada crisis por las Malvinas— la representación recayó en un almirante retirado, una suerte de Fernando Rospigliosi en versión militar. Madeline Oesterling es ahora representante en Londres, muy cerca de la Bolsa de Metales, para representar a la minería peruana. El breve ex Canciller Mac Kay aterrizó en Marruecos.Usara turbante y montará camello?
Frente a esta realidad del servicio exterior tomado por conservadores extremos, la llegada de Rubio solo sellará una subordinación previa. Lo grave de este alineamiento incondicional es que el Perú entrega su independencia a cambio de beneficios mínimos. Las restricciones presupuestarias de Washington impiden el flujo de inversiones sustanciales para infraestructura o salud; los retornos reales se limitarán a capacitaciones, fotos oficiales y respaldo político temporal.
A ello se suma la fragilidad jurídica de los compromisos, basados en acuerdos ejecutivos de baja intensidad que carecen de la estabilidad de los tratados internacionales ratificados por el Congreso. Estos pactos dependen del gobierno estadounidense de turno y corren el riesgo de evaporarse en el siguiente ciclo electoral, dejando al país desprotegido tras haber deteriorado sus relaciones con socios estratégicos como China o Europa.
Durante décadas, la política exterior peruana prosperó gracias al pragmatismo y al no alineamiento, vendiendo sus recursos al mercado global sin subordinarse a hegemonías imperiales. Aceptar pasivamente un guion ideológico ajeno vulnera la capacidad soberana de tomar decisiones. Usar la capital como tablero de disputa entre potencias, de la mano de representantes improvisados y una Cancillería que ha hecho crack con una orientación Trumpista y no soberanista. Ello compromete seriamente el futuro nacional. La foto diplomática del 10 de septiembre podrá lucir favorable mediáticamente, pero el costo para la soberanía y el orgullo patrio presagia impactos tan amargos como un segundo hundimiento del monitor Huáscar.
Por: JULIO SCHIAPPA – Diario Uno
