La inseguridad ciudadana se ha convertido en una de las principales preocupaciones de los peruanos. Sin embargo, más allá de las cifras de criminalidad o las consecuencias económicas, existe un aspecto menos visible que empieza a llamar la atención de especialistas en salud mental y neurociencias: el impacto que el miedo constante puede generar en el funcionamiento del cerebro.

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Para el Dr. Glenn Lozano Zanelly, especialista en neurociencias, la exposición prolongada a contextos de violencia e incertidumbre activa mecanismos biológicos que originalmente fueron diseñados para la supervivencia, pero que pueden generar efectos negativos cuando permanecen activos durante largos periodos.

«El cerebro humano está preparado para responder frente al peligro. El problema aparece cuando esa sensación de amenaza se vuelve permanente. En esos casos, estructuras cerebrales vinculadas al miedo permanecen activadas durante más tiempo del necesario, afectando funciones como la memoria, la concentración, el sueño e incluso la capacidad para tomar decisiones racionales», explica el especialista.

Uno de los principales efectos ocurre en la llamada amígdala cerebral, región encargada de identificar amenazas y activar respuestas de alerta. Cuando una persona vive expuesta a noticias violentas, robos frecuentes o situaciones de riesgo, el cerebro puede mantenerse en un estado de vigilancia constante.

Esto suele traducirse en dificultades para descansar, irritabilidad, problemas de atención, sensación de agotamiento e incluso una percepción exagerada del peligro. Además, cuando el miedo domina el procesamiento cerebral, la corteza prefrontal responsable del análisis y la planificación puede perder protagonismo frente a respuestas más emocionales e impulsivas.

«Cuando el cerebro permanece demasiado tiempo en modo supervivencia, dedica menos recursos al aprendizaje, la creatividad, la reflexión y la planificación. Por eso observamos que muchas personas se sienten más cansadas, más ansiosas o reaccionan con mayor intensidad frente a determinadas situaciones», señala Lozano.

El especialista advierte además que los efectos no son iguales para todos. Factores como haber sido víctima de un delito, el nivel de exposición a información violenta, las experiencias previas de trauma o el apoyo familiar pueden influir significativamente en la manera en que cada persona procesa el estrés.

En ese sentido, comprender cómo responde el cerebro frente a la inseguridad permite entender que este fenómeno no solo representa un desafío para el orden público, sino también para la salud mental de la población.»

La inseguridad sostenida termina afectando la forma en que pensamos, nos relacionamos y tomamos decisiones. Es un fenómeno social, pero también neurológico. Por eso resulta importante hablar de estos temas desde la evidencia científica y no únicamente desde la coyuntura», concluye.

Por: Dr. Glenn Alberto Lozano Zanelly
Docente de la Universidad Privada San Juan Bautista.

 

 

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