Sabemos la gravedad que reviste hablar de un retorno a la oscura década de los 90 y cómo ello supone un trágico retroceso y una negación tácita de nuestra democracia. Contamos a mano con terribles registros de este tan funesto tiempo, de lo que costó ensayar caminos para recomponernos y de lo importante que en tiempos de negacionismo, posverdad y noticias falsas es afirmar el relato de la historia para no repetirla. Precisamente, es la información el poder concedido a la ciudadanía para nombrar y ubicar a cada tiempo y personajes en el lugar que la historia les tiene reservados.

Conocimos el accionar de los enemigos de nuestra democracia en los 90 y lo hemos visto desplegarse, con maquinación y sigilo en los últimos meses. El abuso del poder y su cínico ejercicio han sido la constante, así como la renuncia a la defensa de la vida y la integridad de las personas que se ha traducido en crímenes y gravísima afectación de derechos básicos, todo ello con el silencio cómplice de actores cuyo poder mediático y/o económico podrían poner contra las cuerdas a un régimen abusivo que atenta contra la ciudadanía, sus derechos y libertades.

Víctimas clamando justicia, prensa alternativa denunciando con constancia y represión a la ciudadanía movilizada se han convertido, como en aquella época, en parte de las escenas en las que transcurren nuestros días.

A todo ello debemos sumarle la captura y posterior debacle institucional, por parte de quienes ostentan el poder y sus aliados. Este irrefrenable avance ha llevado a concretar, entre otras cosas, la contrarreforma educativa y la destrucción de la Sunedu, mientras se enfilan en el intento de copamiento de más instituciones como la Defensoría del Pueblo y los órganos del sistema electoral, ello con la anuencia de un Tribunal Constitucional electo a medida. Todo esto nos recuerda el enorme daño que implica pervertir las instituciones del aparato del Estado para ponerlas al servicio del poder del turno y sus siniestros propósitos, divorciados del bien común.

Tampoco perdamos de vista que, frente al enorme rechazo ciudadano, la respuesta de la clase política actual sigue siendo el desprecio e inconsciente uso de los recursos públicos, dinero de todos los peruanos y peruanas que, como tuvo su esplendor en los 90, se destina hoy sin ninguna vergüenza a sus privilegios y frivolidades.

Sabemos que el retorno a la democracia en el 2000 exigió una oposición política consecuente y un liderazgo íntegro que nos condujo a la muy esperada transición; sin embargo, sabemos también que ello no hubiera sido posible sin el rol protagónico de la sociedad civil y la ciudadanía, su organización, participación, movilización y denuncia pública.

Volvimos a los 90, pero, sin duda, hallaremos salidas para repensarnos y reconstruirnos. En esta lucha nadie debe cansarse. https://80120bcf02eda64c93773f8dfd58501f.safeframe.googlesyndication.com/safeframe/1-0-40/html/container.html ¿Democracia? Sí, nutrida y fortalecida luego de este bache para recordarnos lo importante de hacer de ella una forma de vivir y convivir que deje sin espacio para avanzar a sus declarados enemigos.

Por: Patricia Paniagua

 

Agregue un comentario

Su dirección de correo no se hará público. Los campos requeridos están marcados *